Susedido 1976

UNA ACTUACIÓN EN CABEZÓN DE LA SAL

En el 76 nuestra amiga María, gracias a la relación que su familia tenía con el alcalde, nos consiguió una actuación en Cabezón de la Sal. Muy bien. Salíamos el día anterior a la actuación, hacíamos noche y volvíamos tras recoger los trastos. Aparte de alguna remuneración, todo a gastos pagados.

Al llegar a primera hora de la tarde del sábado ya nos habían preparado la comida en un restaurante, propiedad del alcalde. Mientras la organización terminaba de buscarnos alojamiento, nos fuimos a tomar un café a un bar cercano, cuyo camarero nos comentó que el local era del alcalde. A media tarde, nos distribuyeron en varias casas de familiares o amigos del alcalde. Recuerdo que a mí me tocó una amplia y con solera, en la que nos albergaron a cinco componentes del grupo, y que a Iñaki y a Patxi los colocaron en otra con menos posibilidades.

Tras cenar pronto en otro restaurante, que casualmente pertenecía al alcalde, nos dispersamos porque había gente que quería pasar por sus residencias. Quedamos en un pub una hora después y allí nos reencontramos todos. No creo necesario precisar quién era el propietario del pub. Todos, menos Patxi e Iñaki, ya que la señora de la casa adjudicada no les dejó salir, considerando que las diez de la noche no es hora para ir a ningún sitio.

A la mañana siguiente, la señora de nuestra provisional fonda, ambas de parecidas soleras, ya nos había preparado un completo desayuno que empezamos a degustar los tres que estábamos cumpliendo con la hora convenida. La abuela esperó a los primeros sorbos del café con leche para informarnos sobre Goyo y Bego, que seguían sin aparecer: ¡Qué desasosegados estaban anoche los chicos de la habitación del fondo!. ¡Madre de Dios, qué desasosegamiento!. Menos mal que luego ya se sosegaron, aunque esta mañana han vuelto a estar desasosegados.
Al rato, se presentaron Goyo y Bego con su habitual cara de placidez y con hambre. Eso sí, muy sosegados.

La representación iba a tener lugar en el teatro del Instituto de Cabezón, a donde nos desplazamos a montar y en donde nos esperaba el bedel. Era un señor de unos cincuenta años, muy serio, muy callado, con aspecto de catedrático y con una pierna hecha polvo.
Mientras montábamos los decorados, los focos, el sonido y disponíamos estratégicamente el vestuario, el bedel se paseaba cojeando por el escenario con las manos entrelazadas a la espalda, observándolo todo, intentando descubrir la trama de la obra. Entre esto, alguna fugaz pregunta y nuestro aspecto universitario, debió hacerse una idea, porque cuando acabamos el montaje, como quien no quiere la cosa, empezó a susurrarnos: No se van a enterar... Que no se enteran... La gente de este pueblo no entiende de teatro... No van a entender nada...
Intentamos convencerle del lenguaje directo que caracterizaba nuestras obras, pero no hubo forma de bajarle de sus trece.
Totalmente seguros de la respuesta del público, dado el extenso rodaje que ya tenía la obra, decidimos calificar al bedel de alarmista y desconocedor de nuestros claros planteamientos escénicos.
Y a la hora programada comenzamos la representación.

Pastel de Fresa abría con una primera escena de impacto. Unos soldados con vestimenta y correajes negros, armados con porras y con máscaras de cabeza de perro, hacían prisionera a una pobre mujer, a la que maltrataban entre risas y feroces gruñidos y, en el éxtasis final, violaban en el centro del escenario. Fuerte. El público asumía esta realista imagen de la guerra con el corazón encogido, impresionado por la estremecedora violencia desatada en el escenario. Siempre, en todas las actuaciones, el público quedaba mudo, no se les oía ni respirar, la tensión se mascaba en el ambiente. En Cabezón no. Ya la aparición de unos tíos, de negro integral y con unas cabezas de perro les hizo una gracia tremenda. Los actores, tocados en nuestro amor propio, nos ensañamos con Merche en nuestras torturas. Nada, se partían el riñón. La salvaje violación fue coreada con bravos, carcajadas y, me temo, hasta con el público en pie.
Desconcertados, mientras el que abría la segunda escena intentaba cumplir con su papel y el resto nos cambiábamos de vestuario, comentamos el prometedor futuro de las escenas siguientes: Si en ésta se han reído, en las otras va a ser el despiporre.
Y es que la obra estaba estructurada de forma que tras la violenta concepción del protagonista, el resto de las escenas le mostraban a lo largo de su vida, en sus decepciones ante entes sociales, bajo el estilo de farsa. Ya teníamos afianzados unos cuantos gags de eficacia garantizada, con los que el público se partía de risa. En Cabezón no. Todo el equipo colaboraba con sus mejores artes en apoyar el gag, pero era igual, los espectadores permanecían serios a más no poder, como si la farsa no fuera con ellos. Ni tan siquiera en la celebrada y exitosa escena de los siquiatras, conseguimos descubrir un esbozo de sonrisa.
Resignados a la realidad vigente, acabamos la obra y nos retiramos a los vestuarios. Allí recibimos del bedel la felicitación por la obra y la coletilla: Ya os había dicho que no se iban a enterar.

Vaya usted a saber. Igual pasaban de la forma e iban directamente al fondo. El alcalde, por si acaso, ni apareció.