Susedido 1990

LA MÁSCARA

En el 88 del siglo pasado, estrenamos El Tesoro de Silvestre de Anzhel Wagenstein, una obra de caballeros y piratas del siglo XVII, compitiendo con un extraño norteamericano en la búsqueda de un supuesto tesoro en las lejanas islas de los Bagondamauranos.
El montaje lo hicimos duplicando algunos personajes, de modo que en ciertas escenas aparecían como marionetas, en otras eran interpretados por actores y en alguna se combinaban. El vestuario del personaje-actor se reproducía a un tercio en el personaje-marioneta.

No tuvimos la precaución de realizar las máscaras para los actores antes que las marionetas, con lo que el artesano del cuero se las vio y deseó para combinar las facciones de los figurines, ya realizadas en las marionetas, con las cabezas de los actores. Pero bueno, se solucionaron las dificultades y el Lord inglés, el Caballero español y la Camarera napolitana se desplazaban con cierta soltura en el escenario de marionetas sobre mesa y con mucha más en el escenario delantero de actores, ya a tamaño humano.

La obra se realizaba con cuatro actores-manipuladores, que llegaban a interpretar y manipular unos catorce personajes, amén de múltiples objetos y escenografías cambiantes y un técnico que controlaba luz y sonido.
El ritmo era muy rápido con lo que los actores entre actuar, manipular, cambiar decorados y cambiarse de ropa de personaje a negra de manipulador o viceversa, no les quedaba tiempo para pensar en otra cosa que controlar la acción siguiente. Trabajábamos siempre con los diálogos grabados en la banda sonora, única forma de mantener el ritmo y el tempo que las cambiantes escenas requerían.

Tras un largo período de ensayos se llegó a dominar la mecánica de mover todo aquello, los útiles en la zona trasera más cercana a su nueva ubicación, los trajes en sus sillas, las máscaras ordenadas, etc... sin que el espectador apreciara que tras aquel reposado monólogo un corazón latía apresuradamente por haber tenido que realizar cuatro o cinco cambios en el breve oscuro anterior.

Para el 90, también del siglo pasado, ya habíamos realizado bastantes actuaciones y en una en el Teatro Amaia de Irún, nos atrevimos a situar las mesas de regulación de luz y sonido en un lateral de la parte posterior del escenario, de modo que una vez controlados previamente los niveles de iluminación de los distintos espacios escénicos, no había problema en seguir la obra y dar la luz necesaria en cada momento. En esa representación, me tocó llevar el control y desde mi puesto veía parte del escenario delantero de actores y todo el almacén de útiles, decorados, vestuarios y máscaras situado tras la estructura central.

El elenco de actores estaba formado por el amigo Josu, que interpretaba al Caballero español con su máscara gris de duras facciones castellanas, el amigo Luis, que hacía el papel del Lord inglés con una máscara sonrosada al mas puro estilo británico con tirabuzones de fuerte amarillo limón y la amiga Virginia, que daba salero a Felicia, la Tabernera napolitana, cuya máscara mostraba una amplia y sensual sonrisa enmarcada lateralmente por unas frondosas melenas negras.

Con media entrada, casi todos niños, empieza la representación. Las primeras escenas desarrolladas por marionetas con luz tenue envuelven a los espectadores que empiezan a seguir la trama con interés. Yo veo el trasiego de cambios que van haciendo los actores en perfecta coordinación. Llega la escena en que los personajes del Caballero y el Lord cambian de marioneta a actor. Josu ya se ha vestido, se encasqueta su máscara y sale al escenario grande seguido de su fiel Pancho, éste en marioneta. ¡Oh!. El nuevo tamaño del Caballero ha sorprendido al respetable. Mientras dialogan actor y marioneta, veo a Luis vistiéndose apresuradamente. Va retrasado pero se pone la capa y una máscara y consigue salir a escena justo a tiempo de que suene la voz del Lord. El diálogo que mantienen los dos nobles es graciosillo pero no hasta el punto de que en el patio de butacas empiecen a oírse siseos y algunas risas. Miro a Josu y veo que le está haciendo a Luis unos gestos no habituales, como señalándose la cabeza. Ni corto ni perezoso, mientras el texto sigue corriendo, Luis abandona el escenario, se va a la mesa donde se dejaban las caretas, se quita la máscara, se pone la que quedaba y vuelve a salir a escena. Perplejo intento adivinar qué ha pasado. Miro a Luis y va perfecto, con su traje, su capa y ¡su máscara!. El bueno de Luis, en el trajín que se traía con la ropa, se había puesto la máscara de Felicia. Un error, pero, oye, de sabios es rectificar.

Siempre me ha quedado la duda de lo que se pasaría por la mente de aquellos niños. ¿Los Lords ingleses pueden cambiar de cara y pelo a la vez que de tamaño?. ¿Puedo oírles aunque se hayan ido?. Estos de Cobaya, ¿de qué van?.
En fin, inconvenientes del in-directo.